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Tribuna de opinión
Juan F. Lacomba
Sociedad Civil en la Vida Cultural y Artística: El papel de las Fundaciones
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 Se cumplen más de veinticinco años de esta joven aún democracia que gozamos, y hemos asistido a muchos procesos de transformación política y social. Pero sin duda alguna, aún queda pendiente lograr, lo más difícil y al mismo tiempo lo más significativo de una sociedad civilizada y desarrollada: la manifiesta evidencia de un nivel cultural aceptable en sus ciudadanos.
De hecho, en nuestro inmediato entorno se ha producido recientemente la desaparición histórica de la tradicional estructura de patronazgo, en la que la Iglesia, la aristocracia, la burguesía, y el mismo Estado, jugaban papeles relevantes en lo cultural. Sustituida por una estructura nueva de relaciones y papeles, todavía no explícitamente perfilados, que aún no ha tenido el necesario rodaje e implantación en nuestro medio. Por infinidad de muestras y testimonios de gran contundencia, y aunque se hayan incorporado nuevas instituciones y facilitado nuevos medios que propician teóricamente un mayor nivel de desarrollo cultural en los ciudadanos, aún queda pendiente la verdadera implicación en el compromiso con el mundo de la cultura, o al menos la necesaria equiparación cultural con el medio político y geográfico europeo que nos rodea.
Un compromiso que socialmente excede el meramente político, en el que sin duda deben de implicarse la mayoría de los sectores activos de una sociedad, si esta se quiere plural y dinámica. Las fundaciones de índole cultural deben en este sentido jugar un papel decisivo y complementario. En ese contexto democrático se hace necesaria una sintonía con los valores culturales de toda sociedad, en el sentido, creemos “machadiano” de la cultura, por poner un adjetivo de referencia y ejemplo de concepción cultural generalmente valorada y honestamente aceptada. Una sintonía de tono regeneracionista que asuma en definitiva valores útiles para el ciudadano, que vería enriquecida así su vida, social y cotidiana, con la asimilación de estructuras positivas, consecuentemente ligados a una sociedad, como decimos, libre, plural y moderna. Una sociedad dialéctica, definitivamente moral e inscrita en la “envidiable sociedad del bienestar” de la cultura actual.
Una verdadera proyección cultural, pasa por la adecuada sincronización de instituciones, organismos, medios de comunicación, personal gestor y público; un organigrama, quizás complejo, en el cual es crucial el reparto temporal de papeles no simuladores; es decir, siendo conscientes de las verdaderas demandas culturales relativas a los valores patrimoniales, de situación temporal, e identidad, así como facilitar la conexión y el acceso mismo a los territorios de la creación y la comunicación contemporánea. Pero esta no es una tarea exclusivamente política, sino una labor de paulatina toma de conciencia de la misma sociedad. Esta sería una de las labores fundamentales de los papeles a desarrollar por fundaciones culturales, como parte y exponente de la misma organización civil de los ciudadanos.
Quizás, en este sentido digámoslo sin eufemismos, cualitativa y cuantitativamente Andalucía se encuentra todavía en una posición radicalmente diferenciada del resto del marco europeo, en el cual pretende nuestra comunidad estar insertada desde hace años. Si exceptuamos la sorprendente continuidad en el marco andaluz de la efectiva cultura tradicional y popular, que aún sigue manteniéndose por sí misma.
No es tarea de este escueto artículo descifrar y analizar cuáles son las causas de este desfase, lo cual excedería en mucho este espacio. De hecho, se hace necesaria una renovada voluntad generalizada ante las nuevas circunstancias; una, en definitiva, nueva disposición acertada para entender, dialogar y aprender; superando los riesgos de un enquistamiento funcionarial y retórico de las mismas tareas de la gestión cultural.
Una cultura asumida también como responsabilidad y alternativa, como una permanente presencia social correctora frente al consumismo, la estolidez y la barbarie. Del grado de conciencia de este compromiso, tanto político como social, dependerá el futuro de la misma cultura, el nivel de tolerancia de los individuos y la convivencia en valores de los ciudadanos. Transformar lo real para funcionar, para ser efectivos y útiles, a la vez que favorecer un verdadero enriquecimiento de valores en los diferentes ámbitos de lo social. De lo contrario estaríamos abocados a situaciones lamentables e insolidarias, como las ahora muy frecuentes que desasisten e ignoran a los creadores, verdaderos articuladores de los sentidos y la expresión de lo social. Como también lo son los científicos e investigadores respecto del progreso.
Dentro de las nuevas funciones que han de desempeñar las fundaciones culturales, aparte de una importante custodia patrimonial, está la tarea crucial de potenciar y posibilitar, como ocurre con el mundo científico investigador, el desarrollo creativo. La de construir la opinión y la visión tanto individual como colectiva del público, y la de recolectar y unir voluntades de los distintos agentes sociales, facilitando medios y siendo portavoces de propuestas que sin duda han de establecer un debate en la compleja visión del mundo contemporáneo. Una serie de importantes funciones que sin duda favorecerían la implicación de las nuevas alternativas y puntos de vista artísticos en beneficio y mejora de la vida social y cultural de los ciudadanos.
En definitiva, una serie de tareas encaminadas hacia la adecuada canalización de los distintos potenciales en la sociedad. Aun superando las tentaciones e inercias de la muy extendida sociedad del espectáculo, por recurrente e inmediata en cuanto a éxito superficial de sus efectos, como en gran parte ocurre en la actualidad con el mundo del deporte de masas, por poner un paralelo casi necesario dentro de la sociedad de simulación y consumo. Riesgos evidentes que en todo caso deberían soslayarse mediante una efectiva labor de reflexión y debate permanente con la misma sociedad. Una responsabilidad incuestionable de sus gestores y un exigible compromiso también de los medios.
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