Del jardín mítico al jardín del disfrute

MESOPOTAMIA
UNA APROXIMACIÓN AL ORIGEN
Y CONCEPTO DE LOS JARDINES

Sonsoles Nieto Caldeiro

Doctora en Historia del Arte

“En el momento en que la Tierra fue lo bastante humana como para poder parecer un jardín acogedor –es decir, cuando la Creación produjo su primer jardín–, entonces, y no antes, pudo venir el hombre y encontrar en la Naturaleza vegetal manera humana de mantener su propia existencia”.

RUBIÓ I TUDURÍ, N. Del Paraíso al Jardín Latino.

Los jardines están ligados a los mitos que han permitido a la humanidad dar forma al misterio de los orígenes. En los relatos de las civilizaciones más antiguas, el dios organizador del cosmos se convirtió, en algún momento, en jardinero para acondicionar el mundo de manera que pudiera acoger a la criatura que habría de dominar sobre el resto de las especies y ponerles nombre.

Tras completar el proceso de la Creación, Yahvé Dios plantó en Edén, al oriente, el primer jardín, allí puso al hombre para que lo cultivase y guardase e hizo brotar en él toda clase de árboles “hermosos a la vista y sabrosos al paladar ... Salía de Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos: el primero se llama Pisón...; el segundo se llama Guijón; el tercero se llama Tigris y el cuarto es el Eúfrates” (1). De este modo describe el Génesis ese primer hábitat paradisíaco, un oasis en medio del desierto que era entonces la Tierra, situado en la fértil llanura aluvial entre ríos de la Baja Mesopotamia, en donde tuvo su origen la historia de la civilización.

Como los primeros libros hebraicos, los mitos de las más antiguas culturas mesopotámicas aluden a la existencia primera de un paraíso, gozado y perdido luego. Esto era el elíseo habitado por los dioses del poema sumerio de Enki (divinidad acuática) y Ninhursag, un  lugar que se regaba con el agua nacida de la tierra (2).

El paradeisos primigenio

Ese paradeisos primigenio, ese paraje privilegiado, cabría interpretarlo como un espacio concreto, delimitado y cerrado, de carácter mágico, localizado en las cercanías de los dos ríos que riegan la Mesopotamia; pero también como un tiempo, una época remota en la que la Naturaleza se ofrecía generosamente al hombre prehistórico que se movía libremente recolectando los frutos salvajes que le regalaba la Tierra. Ese tiempo dorado, que desapareció por varios factores (geológicos, climáticos, biológicos, etc.), obligando al individuo neolítico a cultivar ya sus vegetales comestibles, bien podría ser el origen de esa imagen de paraíso –germen y escenario primero de la vida humana– perdido por causas que el hombre primitivo no alcanzaba a comprender ni a explicarse.

De ese modo, la sedentarización supuso un tipo de vida nuevo frente al nomadismo anterior y trajo consigo el nacimiento de la civilización urbana y de la historia. Este proceso tuvo lugar por vez primera en esa tierra de aluvión de la Baja Mesopotamia entre el Tigris y el Eúfrates a la que se llamó Sumer que quiere decir “tierra cultivada”. Sus habitantes fueron los primeros campesinos y los más antiguos jardineros. Sus mitos y las tablillas encontradas en ciudades como Ur o Nippur dan fe del control de las crecidas del río y la pronta construcción de canales y presas y de su culto a la fecundidad y a la vegetación (3). A través de estos testimonios conocemos también los dos modos de vida contrapuestos que las tribus del Cercano Oriente desarrollaban y que provocaban dos culturas bien diferenciadas e irreconciliables: la nómada de los pastores y la del campesino sedentario (4).

Favorecidos por la existencia de los dos ríos, los sumerios crearon en el 4º milenio a. C. un perfecto sistema de irrigación que les permitió contener y aprovechar las aguas fluviales, mediante el trazado y excavación de una red de canales aún vigentes. Fueron los primeros hacedores de esos vergeles ya cultivados por el ser humano y no productos de la magia, a los que también dieron un carácter sagrado expresado en las especies vegetales que los poblaban y en la libre disposición de ellas en espacios cercados. Plantaciones datileras, higueras, granados, plátanos, pinos y abundancia de flores de nacimiento semiespontáneo suponían la concreción de ese paraíso originario que, sublime y sobrenatural, predisponía a la ensoñación y al deleite, en estrecha relación lo profano y lo sagrado.

En el 3º milenio a. C., el legendario rey de Uruk Gilgamesh ya se enorgulleció de los vergeles de la ciudad que él mismo levantó y amuralló; y Sargón de Acad, poco después,  disfrutó de la frondosidad de los jardines palaciales y de los embriagadores olores de las plantas aromáticas cultivadas en ellos.

Aportaciones al Arte de la jardinería

La arqueología y una variada documentación nos han proporcionado la posibilidad de conocer las diversas aportaciones  que hicieron evolucionar la agricultura, las plantaciones, los regadíos y, en definitiva, el arte de la jardinería, los distintos pueblos que fueron sucediéndose en la soberanía de aquel amplio territorio que constituyó la antigua Mesopotamia.

Los asirios nos legaron múltiples inscripciones con amplias listas de plantas –algunas catalogadas y custodiadas en el Museo Británico–; reproducciones de planteles en pinturas al fresco, en peines o en píxides; y abundantes relieves conteniendo hileras ordenadas de árboles, paisajes paradisíacos en los que claramente se distingue la red de canales que reparte el riego, escenas de caza en parques reales con una gran variedad de flora y de fauna o la escena de jardín en la que Asurbanipal celebra la victoria, a su regreso a Nínive, junto a su esposa bajo un emparrado a modo de cenador. La incorporación de una arquitectura al servicio del jardín y el perfeccionamiento del sistema de irrigación en grandes obras de ingeniería son la contribución de este pueblo guerrero y conquistador aunque de cultura refinada y palaciega que supo crear espacios evocadores que servían de escenarios a sus ceremonias religiosas y festivas y constituían hermosos lugares de ensueño.

En Asiria está atestiguada la existencia de grandes jardines. En Nimrud, Asurnasirpal II (883-859 a.C.) hizo construir canales desde las montañas para regar un inmenso jardín plantado de viñas y de numerosas especies de árboles, unas autóctonas y otras importadas en sus campañas militares. El rey Senaquerib, hijo y sucesor de Sargón II, trasladó la capital desde Jorsabad a Nínive, convirtiéndola en una gran metrópoli embellecida con palacios, templos, parques y jardines, éstos últimos regados por un canal artificial que traía el agua desde la presa que hizo construir en el río Khosr, en 691 a. C., a 55 kms. de distancia.

LA GLORIA DE ASIRIA

No parece casual que Yahvé, en el libro de Ezequiel, al describir la gloria de Asiria lo haga bajo la imagen de un “cedro del Líbano soberbio de su fronda y de sublime altura, que mecía su copa entre las nubes. Las aguas le hicieron crecer, el abismo le encumbró; corrían ríos cerca del lugar en que estaba plantado, y mandaba sus influencias a todos los árboles del campo ... Ningún árbol del jardín de Dios le igualaba en hermosura ... y todos los árboles de Edén le miraban con envidia (5).

Los neobabilonios, poco después, perfeccionaron mucho más el arte de la jardinería impresionando al mundo con los “jardines colgantes”, abiertos al Eúfrates, que Nabucodonosor hizo formar en torno al 600 a. C. en la ciudad de Babilonia. A base de terrazas escalonadas, semejaban, como describió Diodoro de Sicilia en el siglo I a. C. en su Historia Universal, un teatro al modo griego. No era precisa la comparación con una construcción clásica, los pueblos mesopotámicos tenían ya de antiguo esa tradición de arquitectura escalonada en sus ziggurats, pirámides aterrazadas que ponían en  comunicación el cielo y la tierra como auténticos soportes del mundo. Sostenidas las terrazas por gran cantidad de pilares que formaban a su vez galerías, e impermeabilizadas a base de sucesivas capas de ladrillo y planchas de plomo, incorporaban plantaciones diversas incluso de grandes árboles de todas clases. Esas maravillosas invenciones se completaban con un ingenioso sistema de riego a partir de norias adecuadas que extraían el agua del río, elevándolo por el interior de pilares huecos preparados para ello y descendiendo desde la parte superior mediante canales especiales y surtidores. Poco más tenían que añadir los musulmanes, herederos de las culturas mesopotámicas, que la sistematización y difusión de estas creaciones.

CONTRIBUCIÓN DEL PUEBLO PERSA

Para completar esta visión de conjunto sobre el origen mítico y sucesiva formación de los jardines, sólo queda referirnos a la contribución en este terreno del pueblo persa. Los reyes aqueménidas, y más concretamente Ciro el Joven, implantaron en sus jardines iraníes y mesopotámicos un nuevo concepto traído de Egipto: la geometría. El factor geométrico que domina el arte egipcio y rige sus composiciones jardineras, desde las plantaciones ordenadas en hileras a los estanques y canales rectilíneos para el riego, es incorporado por el rey Ciro en el inmenso jardín paradisíaco que él mismo proyectó e incluso llegó en gran parte a plantar; un hortus conclusus de extraordinaria riqueza e impecable geometría que contenía abundantes y variadas especies vegetales dispuestas en riguroso orden, organizadas acequias y un pequeño palacio en el centro a modo de pabellón abierto al jardín. Este inmenso huerto que tanta admiración despertó entre los griegos es un claro precedente de lo que serían después los huertos-jardín islámicos que se difundieron por España a partir, sobre todo, de los taifas, como bien ha señalado Chueca Goitia (6).

Pero esa sensibilidad y esas habilidades de los primeros mesopotámicos trascendieron muy temprano, muchos siglos antes de la expansión musulmana, a Occidente y a España. A partir, sobre todo, del segundo milenio a. C., los contactos con pueblos del Asia Anterior y del litoral sirio fueron constantes y sus huellas múltiples y profundas a lo largo del Mediterráneo, hasta el extremo más occidental.  Poco después de alcanzar los fenicios el Estrecho fundando Gadir, surgió una extraordinaria civilización en el oeste andaluz con elementos orientalizantes: el gran emporio de Tharsis o Tartesos, primera cultura de tipo universal de la Península. Situado éste en un área de rica agricultura y avanzada tecnología en su momento, es admisible la tesis de A. Schulten que le atribuye la condición de auténtico adelantado en el arte de la jardinería según la tradición oriental. Schulten, basándose en los escritos de Avieno de época romana, inspirados a su vez en textos muy antiguos, piensa en la posibilidad de que estos jardines tartésicos dieran pie a la leyenda del Jardín de las Hespérides, que podría haberse hundido con la Atlántida –como defendió Platón–, dada la brusca y definitiva  desaparición de este pueblo en torno al 500 a. C. Sucediera así o no, nos encontramos de nuevo ante el jardín como escenario de un mito: encarnación del firmamento surcado de estrellas, deleitoso paraíso habitado por las horas de la tarde, hijas de Hesperis, en el que se producían manzanas de oro, símbolos de la inmortalidad. Victor Bérard afirmó que los griegos consideraban a Tartesos como “un des paradis de leurs premiers navigateurs”. ¿Serán las islas Afortunadas –Madeira, Canarias– “las islas encantadas de la Odisea en el Mar de Occidente, restos de aquellos paraísos hespéricos de árboles con frutos de oro que el arte de Tartesos habría trasplantado, desde Oriente, a las tierras prometidas del extremo Occidente”, como ha sugerido el arquitecto-jardinero catalán Rubió i Tudurí? (7).

Notas

1.- La Biblia, Génesis 2, 8-14.
2.- Enki aparece en ese poema sumerio, texto conservado en la universidad de Filadelfia, como ordenador cósmico, el dios que separa el cielo de la tierra, unas veces como navegante y otras transformado en jardinero, como cuando visita a la diosa Uttu para poseerla y fecundarla.
3.- Es bellísimo el relato que narra los amores de la diosa Isthar (Innana) por el pastor Tamuz (Dumuzi) y la bajada a los infiernos de ella para rescatar  a su amado y convertirlo en inmortal. La ausencia de la diosa del mundo de los vivos provocó la sequía y la falta de fertilidad, las plantas morían y las hembras dejaron de engendrar. El regreso de Isthar con Tamuz, una vez liberado, supuso un renacimiento, mientras el pastor fue considerado dios de la vegetación que, como él, muere y resucita.
4.- Estos dos modos de vida que contrastan fuertemente en la mitología y en la historia sumeria, aparecen también en continua contradicción en la Biblia; ya desde el relato de Caín y Abel se oponen el labrador sedentario que tiende a establecerse y a crear ciudades (Enoc) y el pastor nómada abandonado a la voluntad de Yavé y por lo mismo protegido y escogido por él.
5.- Ezequiel, 31, 3-9.
6.- Chueca Goitia, F., “Breves consideraciones sobre los jardines-huertos en la España musulmana”, en Les Jardins de l’Islam (Granada 1973), 134.
7.- Rubió i Tudurí, N. Del Paraíso al Jardín Latino (Barcelona 1981), 94.


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