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LA MEZQUITA DE IBN ADABBAS DE SEVILLA

José Miguel Granado Historiador y crítico de Arte. Fotografías del autor

Para quienes nos dedicamos a la historia, sea de forma profesional o como simples aficionados, una herramienta de trabajo fundamental es la imaginación. Unas veces nos encontramos con edificios completos, en los que cada época ha podido dejar su huella. La superposición de estilos nos muestra maneras distintas de pensar. Pero es normal que sólo nos queden algunas piedras ruinosas. Aquí es donde la imaginación juega un papel importante. Ayudados, en los mejores casos, por algunas líneas en crónicas dispersas y por piezas sueltas de algunos museos, debemos reconstruir cómo eran aquellos edificios y las personas que lo habitaron, o que oraron en él. Este es el caso de la mezquita de Ibn Adabbas, antigua mezquita mayor de Sevilla, hoy templo cristiano dedicado al Divino Salvador.

NOTA HISTÓRICA

Capitel visigodoLa zona donde hoy se enclava la iglesia del Salvador siempre fue el centro de la ciudad. Los romanos situaron allí el foro de Hispalis, los visigodos mantuvieron el punto neurálgico de la ciudad y los musulmanes ubicaron en el mismo lugar su edificio más importante, la mezquita mayor.

Dicha mezquita fue mandada construir por el emir Abd al-Rahman II, en el año 829-830 (214 de la Hégira, según la cronología musulmana), una vez asentados en la ciudad los poderes civiles, militares y religiosos. Dirigió las obras el propio cadí de la ciudad, Umar Ibn Adabbas, de quién tomó el nombre. Conocemos estos datos por la crónica de Ibn Sahib al-Sala, del siglo XII, que copió la inscripción fundacional, que dice así: "Dios tenga misericordia de Abd al-Rahman ben al-Hakam, el emir justo, el bien guiado por Dios, el que ordenó la construcción de esta mezquita, bajo la dirección de Umar ben Adabbas, qadí de Sevilla, en el año 214. Y ha escrito esto Abd al-Barr ben Harum". Esta fecha tan temprana hace que esta mezquita fuese el edificio más antiguo construido por los musulmanes en España del que tengamos noticia después de la primera mezquita de Córdoba.

El edificio fue mezquita mayor de la ciudad hasta 1184 (577 H). En esa época la dictadura militar de los almohades gobernaba la ciudad con mano firme. Como tal, los almohades se dedicaron a construir grandes obras públicas y una de ellas fue la nueva mezquita mayor, hoy catedral, y su magnífico alminar.

Los almohades cerraron la antigua mezquita mayor, obligando a usar la nueva. Pero el edificio seguía siendo el centro de devoción de la ciudad, por lo que se reabrió y restauró años más tarde por orden de Abu Yusuf Yaqub al-Mansur, pues amenazaba ruina debido a su abandono. Cuando los cristianos conquistaron la ciudad, la mezquita de Ibn Adabbas era el segundo centro religioso de la ciudad, por lo que los nuevos gobernantes permitieron que siguiera siendo mezquita para uso de los musulmanes que quedaron en la ciudad hasta 1340, fecha en que se instaló en ella la parroquia del Salvador, que antes habría tenido su sede en otro edificio. Los cristianos, para mantener ese rango de segundo edificio religioso de la ciudad, le dieron el carácter de Colegial.

Así pues, el viejo edificio siguió manteniendo su uso religioso durante siglos, sufriendo los lógicos deterioros ocasionados por el paso del tiempo. En 1671 el arzobispo Antonio de Paíno, tras visitar a la Virgen de las Aguas y comprobar el estado ruinoso del templo, manda derribarlo y construir uno nuevo, lo cual se hizo entre aquel año y 1712, cuando se termina de construir la Iglesia que hoy conocemos.

ALGUNOS RESTOS DE LA MEZQUITA

De época cristiana hay dos textos que nos son de gran utilidad para reconstruir el edificio. El primero es de Esteban García, Maestro Mayor de la diócesis y encargado de derribar la mezquita en 1671 para construir el nuevo templo. Antes de hacerlo redactó un informe sobre las obras a realizar, dando valiosos datos sobre el edificio que tenía que derribar. En este texto se dice que las naves eran 8. Hay que imaginar que el presbiterio ocupara 3 naves más, por lo que el número total de naves de la mezquita sería de 11, tal como señalan algunas crónicas musulmanas.

El segundo y más jugoso texto es el memorándum de otro arquitecto, José Tirado de Aldana, quien en 1726 intentó demostrar que aquel edificio destruido casi 60 años atrás era una mezquita. En este memorándum se habla de un edificio "lóbrego y oscuro, pues sus columnas de mármol eran de la altura de un hombre y no muy alto; de ellas subían dilatados arcos de ladrillo, no dejándose comunicar la luz de una nave a otra. (...) estar fabricada a forma de una bodega, con tirantes de alerze de una parte a otra. Las vidrieras mayores eran dos y caían a la plaza y por la parte de afuera qualquiera persona no muy alta llegaba con la mano a ellas, y por la parte de adentro era necesaria escalera para tocarlas". También se dice en este documento que eran "sus lumbreras pocas y pequeñas, que en faltando el sol era necesario traer luces al coro, con estar en la nave más alta y más clara de la iglesia". Esa nave más alta y ancha bien podría ser la central de la mezquita, que, al igual que en Córdoba, solían tener estas características.

Tras estos documentos cristianos y las crónicas musulmanas, el resto más importante de la mezquita es el alminar. Está construido con sillares de piedra arenisca de color ocre marrón, muy abundante en la región, colocados irregularmente a soga y tizón. En la parte baja hay un sillar de caliza marmórea con una inscripción romana.

De la torre musulmana se conservan 11’5 m. en altura (todo el primer cuerpo) más otros 2 m. bajo tierra. Su planta es cuadrada con una escalera de caracol en su interior, en torno a un machón central circular. Es una planta original, seguramente tomada por los musulmanes de la arquitectura hispana anterior a su llegada, pasando luego a África, como aportación hispana a la arquitectura musulmana.

Esta torre sufrió algunas modificaciones a lo largo del tiempo, tanto en época musulmana como en la cristiana. La primera se produjo en 1079 (472 H), cuando un terremoto hace caer la parte alta. El rey Al-Mutamid lo mandó reconstruir, obra que debió ser poco importante, pues se terminó en un mes. Para que se recordase esa obra se labró una inscripción, que hoy se conserva junto a la puerta lateral izquierda del templo y que dice así: "Ha ordenado al-Mutamid, al-Muayyad bi-Nasri-llah Abbu-l-Qasim Muhammad ben Abbad –prolongue Dios la asistencia que presta a su Imperio y siga dispensándole su poderosa victoria- la construcción de la parte superior de este alminar –no deje nunca de hacerse desde él la invocación del Islam- cuando acaba de ser demolido por un gran número de terremotos que tuvieron lugar la víspera del domingo al principio de Rabi I del año 472 (1-X-1079). Se acabó con el poder y la asistencia de Dios a finales del mismo mes. Quiera Dios aceptar por esta obra sus ocupaciones generosas y le llene de favores por cada piedra –pueda así mismo construir un palacio en su Paraíso por su gracia y bondad.

Obra de Ibrahím el marmolista, por orden del sahib al-Ahbas y tesorero Abu Umar ben Tayyib, que Dios le favorezca".

En 1356, ya en época cristiana se produce un nuevo terremoto que vuelve a hacer caer la parte alta de la torre, tal como dice la crónica del Arzobispo don Rodrigo: "(...) en este año, en miércoles, en 24 días del mes de agosto, día de San Bartolomé, después de vísperas, fue el terremoto que cayeron las manzanas de la torre mayor y cayó la torre de San Salvador y mató muchas (...) y la torre estuvo para caer (...)". En esta ocasión la restauración se hizo siguiendo el estilo gótico de la época, con dos vanos ojivales en cada frente.

Por último, en la segunda mitad del siglo XVII se le añade un tercer cuerpo con una decoración plenamente barroca.

En torno a esta torre seguramente no habría naves, como en las demás mezquitas, sino una serie de tenderetes apoyados en pies derechos de madera, como veremos más tarde.

Uno de los restos más interesantes de la mezquita, camuflado en el edificio actual, es la colección de fustes y capiteles, procedentes de la sala-oratorio de la mezquita. Son fustes de acarreo, lo cual explica su diversidad de tamaños, formas y colores. Estos fustes y sus capiteles se encuentran en el patio y en los comercios de la manzana de la iglesia, y fueron colocados en dichos emplazamientos en distintos momentos. Los que se encuentran en el patio estaban tapiados hasta que a principios del siglo XX se realizó una excavación que los dejó al descubierto y comprobó que se hallaban unos tres metros bajo el nivel actual. Respecto a los capiteles, dos de ellos son romanos de tipo oriental, tallados en la primera mitad del siglo IV, pero hay al menos otros dos romanos. El resto son visigodos y los arcos son del siglo XVII.

Respecto a las columnas que se encuentran en la Plaza del Pan, presentan una gran diversidad formal. Lo interesante en esta plaza es ver la situación de los fustes, ya que hemos de suponer que la misma distribución tendrían en época cristiana que, a su vez, es posible que repetiesen la distribución de época musulmana. Se aprecia claramente un doble ritmo. Los fustes que corresponden con el patio están menos separados que los que corresponden a la iglesia, porque en algún momento, posiblemente al construir el nuevo y pesado edificio, hubo que reforzar los arcos de esta parte colocando en la clave de los mismos nuevos fustes.

Por otra parte, en la plaza del Salvador podemos intuir la distribución de antiguas columnas, por el lugar en que se sitúan los pilares de las construcciones modernas. Esto es especialmente visible desde la columna de la esquina de la plaza con la calle Alcuceros hasta la torre, antiguo alminar. Mirando dentro de los comercios vemos claramente dónde se sitúan estos pilares, en lugares incomprensibles si no es pensando que son la huella de antiguas columnas. Estos pilares están a la misma distancia entre sí y perfectamente alineados entre ellos y con la viga que entesta en la torre. Comprobamos así que el patio de la mezquita o sahn se encontraba rodeado de columnas que soportarían los tenderetes de la zona comercial, tal como sucede hoy día y que sustituían a las naves de otras mezquitas.

Dentro de la colección de fustes de esta mezquita hay que incluir el conservado en el Museo Arqueológico y que contiene la inscripción fundacional antes comentada. Dicho fuste estaba situado en la segunda nave de la parte oriental, frente al mihrab. Es de mármol gris y tiene una altura de 3’17 metros. La inscripción nos permite fechar con exactitud el edificio. Es la inscripción más antigua que los musulmanes realizaron en España.

Por último se conservan de la mezquita dos aldabas, guardadas en las dependencias de la Hermandad Sacramental. La decoración de lacería y ataurique y las cabezas de león que las embellecen están claramente vinculados al arte califal cordobés, aunque no pueden fecharse con exactitud. Hay que enmarcarlas entre el gobierno de los Amiríes, a comienzos del siglo XI y el período de los Taifas, quienes siguieron la estética califal. Parece plausible la teoría de que fueran regaladas cuando al-Mutamid realiza las obras de reconstrucción tras el terremoto de 1079.

ALGUNAS LEYENDAS

Cuando un edificio se rodea de leyendas, quiere decir que forma parte del paisaje sentimental de un pueblo. Independientemente del contenido de estas leyendas y de la fiabilidad histórica que puedan tener (generalmente poca), las leyendas nos indican que el edificio será recordado mucho más tiempo que sus piedras. Así ocurre con el edificio que estamos estudiando.

Ibn al-Qutiyya cuenta que Abd al-Rahman II soñó que al entrar en el oratorio vio el cuerpo del Profeta muerto y amortajado junto al muro de la quibla. Este sueño fue interpretado como la extinción del Islam en la ciudad.

El mismo cronista cuenta que años después, en 844 (230 H), cuando los normandos invadieron Sevilla intentaron incendiar el oratorio. Para ello arrojaron flechas incendiarias contra su techo y amontonaron el mobiliario de la mezquita y le prendieron fuego. Pero en este momento surgió del mihrab un joven mancebo que expulsó a los invasores del recinto y los mantuvo alejados por tres días, al cabo de los cuales fueron definitivamente derrotados y expulsados de la ciudad. Es cierto que los vikingos llegaron hasta Sevilla y no pudieron incendiar la mezquita mayor, por las razones que fueran.

Las leyendas continuaron en época cristiana, forjándose una sobre el alminar. Según se creía, éste fue construido con los sillares de la iglesia en la que estuvo la tumba de San Isidoro y que por eso no se podía convocar desde él al Islam, ya que todos los almuédanos que subían con esa intención perdían la voz y, en ocasiones, la vida. Esta leyenda fue recogida por Ortíz de Zúñiga.

Con estos relatos terminamos el repaso a un edificio que fue por mucho tiempo el principal edificio religioso de los sevillanos, el centro de su devoción. Aunque el solar es casi lo único que nos queda, al menos ese solar sigue teniendo bastante importancia en la vida espiritual de la ciudad. Por otra parte, de aquella mezquita ahora desaparecida conservamos interesantes restos, que pueden ser descubiertos simplemente paseando y mirando, uno de esos sencillos placeres que nos proporciona nuestra ciudad

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