RECUERDOS
/Nº 55
JUAN MANUEL MACÍAS HIDALGO-SAAVEDRA
El pasado nueve de enero se produjo el fallecimiento de nuestro compañero Juan Manuel Macías Hidalgo-Saavedra, padre de familia, Aparejador, Catedrático y Académico de la Real Academia Hispano-Americana de Cádiz. Su humanidad permanece presente en todos nosotros y hoy tomamos mayor conciencia de la huella tan profunda que a depositado en nuestras vidas.
Enrique Herrero Gil. Arquitecto Técnico
El pasado nueve de enero se produjo el óbito de Juan Manuel Macías Hidalgo-Saavedra, padre de familia, Aparejador, Catedrático y Académico de la Real Academia Hispano-Americana de Cádiz.
Con tal motivo, el Colegio me invita a que escriba unas líneas sobre la persona, que en este caso es personaje. Supongo que tal invitación, propiciada por nuestro común amigo Jorge Polo, se debe a la relación que mantego con Juan Manuel desde hace casi 32 años, es decir, dos tercios del tiempo de mi vida. El encargo, si así puede llamársele, me alegra por cuanto supone un reconocimiento tácito de la calidad del personaje (de la que no tengo ninguna duda) pero, a la vez y en cierto modo, me fastidia porque se produce con motivo de su óbito.
No sé, ni le he preguntado a Jorge como mandante del encargo, si espera de mí una nota necrológica con amplia referencia a la vida y méritos -que no son pocos- de Juan Manuel, pero si sé, y con bastante claridad, que no puedo hacer una nota necrológica porque Juan Manuel no ha muerto.
Esta afirmación no es ninguna locura propia de quién no quiere aceptar la realidad de los hechos. Es justamente lo contrario. Es la afirmación de quién aceptando la realidad de los hechos vividos, es ahora, despues de su óbito, (el uso del término jurídico en lugar del ordinario no es casual) cuando los que le conocimos y le conocemos, o al menos yo, tomamos hoy mayor conciencia de su repercusión en nuestras vidas y de su presencia en ellas. Por eso Juan Manuel no ha muerto. Jurídica, clínica y eclesiásticamente se ha producido el fallecimiento, pero no se ha borrado su huella que permanece presente e indeleble en todos los que, en mayor o menor medida, nos relacionamos con él. Por eso el término "muerte" -ausencia total de vida, oscuridad plena- hoy, y en este caso, carece de sentido.
El hecho por sí no es extraordinario. Lo extraordinario hubiera sido lo contrario: que Juan Manuel no hubiera dejado huella en las personas, en los ambientes, en los lugares que frecuentó. Resultaría imposible tal circunstancia. El vigor, el ímpetu, el caudal de vida que desbordaba en lo que hiciera - trabajar o divertirse-, la hidalguía que portaba, y no sólo en su apellido, hace imposible la inexistencia de huellas. A veces incomprendido, otras muchas reconocido y otras abiertamente censurado cuando ni vilipendiado. Como corresponde a quién siempre ha dado la cara de sus actos. No es persona oscura, con pliegues que dificulten conocerlo. Claro y directo. Transparente. Si acaso, se preocupaba de ocultar sus amarguras, sus desesperanzas, sus dolores y eso que en el lenguaje social llaman "las buenas obras". Todo este tipo de cuestiones no era dado a publicitarlas, aunque no las negaba si se descubrían.
Su talante probablemente le venía no sólo por su padre, Aparejador también, sino que algo de "sello" tenía por razón de cuna. Había nacido, 10 años antes que yo, o sea en 1938, en el madrileño y castizo barrio de Chamberí.
Su llegada a Sevilla, a principio de los sesenta se produce, como siempre ocurren estas cosas con carácter circunstancial, para un relativamente corto período de tiempo, a fin de intervenir en unas obras que Bami S.A. llevaba a cabo en aquel entonces. Juan Manuel todavía no es Aparejador pues aterriza en esta tierra de María Santísima con el Selectivo y poco más.
Y como siempre (o casi siempre) ocurre en estos casos, se quedó para el resto de su vida. La causa no fué enamorarse de la Semana Santa -que no entendía pero respetaba-, ni ser un apasionado de la Feria de Abril -jamás aprendió a bailar sevillanas-, o desvivirse por el Rocío -no tengo noticias que supiera ni siquiera donde se encuentra geográficamente-, o descubrir el sibaritismo de una buena manzanilla con pescaíto frito -prefería como castellano que era, el "carajillo"-, sino que se encontró y enamoró, y de qué manera, de Margarita. Ya se sabe: "el hombre propone y Dios dispone" reza el refrán, al que mi madre, murciana de pura cepa, le añadía siempre "... y la mujer descompone". Y así fué, Margarita "descompuso" los planes y puedo dar fé que Juanma siempre lo ha agradecido.
Contacté con él en octubre del 67, siendo él ya Aparejador y yo, a la sazón, iniciando el tercer curso del llamado plan yé-yé que titulaba a los novedosos Arquitec-tos Técnicos. Pretendía su padrinazgo, y su maestría, en el desafío que me supondría, al finalizar mis estudios, mi integración en la actividad profesional. Buscaba una relación circunstancial que me fuera formativa y provechosa. Fué imposible. Con Juanma no caben relaciones pasajeras. O todo o nada. La tibieza, la mediocridad, el odio. La inmensa densidad de su humanidad no es compatible con las "medias tintas". Por eso hoy 32 años después, seguimos.
Me enseñó a disfrutar del olor del yeso y del hormigón fresco como si se tratara de Chanel del nº 5, a disfrutar del runrruneo de la hormigonera como si fuera la barroca música de Juan Sebastián Bach y a disfrutar de las relaciones y vivencias con el personal de obra como si fueran las de unos amantes. La obra no era un lugar de trabajo, era la propia vida. "Sí intentan sacarme sangre para una tranfusión no lo consiguen. Me sacan cemento", decía siempre.
Me enseñó a renegar de la medianía. "Hacer las cosas cuesta dinero, hacerlas bien no cuesta nada". No es suya la frase pero sí la empleaba e intentaba cumplirla a rajatabla.
Me invitó a participar de la preparación de su cátedra en la Escuela. Me compró un pijama (de color rosa) para que no tuviera que ir a casa a cambiarme y a descansar y pudiéramos trabajar 24 ó 36 horas seguidas, si hacía falta, sin salir del despacho gracias a tal equipamiento y a los cafés de Margarita. ¿Cuántos cafés has puesto, Marga?. Creo que si te concedieran un día de vida por cada uno, alcanzarías la inmortalidad, ¿verdad?.
Me descubrió la potencialidad que llevamos dentro para hacer cosas, y conseguirlas tan sólo con proponérnoslo sin tapujos ni titubeos. Desde proyectar una clínica ginecológica hasta aprobar en Arquitectura a la primera la física de Pablo Hervás (¡que gran profesor!), con su teoría de tensores incluída. Desde terminar en 48 horas un piso piloto partiendo de la estructura, hasta enviar un barco (¡Sí. Un auténtico barco de 5.000 Tm!) de arroz, mantas y medicamentos a Etiopía. Desde hormigonar sin juntas una placa de cimentación con canaletas como medio más sofisticado para el transporte del hormigón (año 1970) hasta llevarse de vacaciones a Mazagón, durante 15 días, a 120 niños de condición humilde y conseguir enfrascar en el tema a otros cuatro o cinco matrimonios "medio locos" para atenderlos (médico incluído).
Me descubrió la enorme satisfacción que produce hacer aquello que uno desea hacer y a no sentirse dirigido, sino protagonista. "Prefiero ser cabeza de ratón que cola de león", repetía frecuentemente aunque en realidad luchaba por ser cabeza de león. Y lo conseguía.
Me descubrió, privilegio afortunado, su humano dolor cuando falleció Paloma, su hija y mi ahijada, y cuando, sólo él y yo, enterramos a Curro, su quinto hijo nacido y segundo fallecido a tan sólo 48 horas después de su nacimiento.
Me mostró la hidalguía necesaria tanto para ser jefe o maestro como, simultáneamente y en otro campo, subordinado o discípulo sin que se te caigan los anillos.
Me otorgó la confianza para asumir responsabilidades, para las que a veces, no me sentía preparado pero nunca dejó de estar atento, a distancia, por si era necesaria su intervención. Me decía: "Un maestro, un padre, tiene que ser como la red al trapecista. Siempre presente, siempre dispuesta, pero sin impedir u obstaculizar su actividad. Preparada por si se le requiere, y nada más"
Así me encargó un día que me ocupara yo de la preparación del exámen de final de curso. ¡Pobres alumnos!. Menos mal que en la corrección y en la evaluación no dejaba sitio a las improvisaciones. Él era el Catedrático. A la Escuela, como ya dije, llegó Juanma para continuar sus estudios inicados en Madrid. Como no podía ser de otra forma fué delegado de alumnos de centro y, al terminar, lo "enganchó" Juan Manuel Raya para que accediera a dar clases de una de esas asignaturas transicionales en la implantación de nuevos planes que se llamaba "Tecnología de los oficios de la construcción".
A los dos años, menos no podía ser pues se exigía tal experiencia, se presenta y gana la Cátedra de Construcción I,II y III a los 31 años convirtiéndose en el catedrático de la especialidad más joven de España. Antes, y prácticamente desde su entrada en la Escuela, asume el cargo de Secretario de la misma que deja en el año 79, doce años después.
A él se debe la puesta en marcha de la Biblioteca de la Escuela para lo que dona los pocos o muchos libros de que dispone y solicita a amigos y compañeros ayuda en igual sentido. Ana María, la hija de Jacinto Sanabria el entonces conserje, se convierte en la primera bibliotecaria de la escuela justo donde hoy está la sala de estudio.
También él potencia la secretaría incorporando a la misma a Tere Molina y, posteriormente, a la propia Ana María.
También se ocupa de la instalación del bar de Juan, hasta entonces configurado con mostradores de la Cruzcampo y durante varios años situados en el actual Salón de Grados.
Inicia el hábito de los viajes de estudios con los alumnos, organizando diversos desplazamientos en los que no sólo se preocupaba de los contenidos didácticos (Jorge Polo todavía recuerda el suculento cocido madrileño de El Escorial cuyo encargo me encomendó Juan Manuel antes de salir). Hábito seguido por su hijo Manu en la actualidad.
Edita, con Fernando Cabrera, los primeros apuntes de la disciplina y empieza una labor de estudio y divulgación que nunca dejó.
"Escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo son tres misiones que todo hombre ha de realizar en la vida" repetía frecuentemente. La fecundidad, en la más amplia acepción de la palabra, le apasionaba constantemente. Y bien que lo cumplió. No solo escribió varios textos relativos a la construcción sino que potenció y fomentó que otros también lo hiciéramos; plantó varios cientos de árboles (pinos, almendros, frutales, etc.) en su parcela de La Parrita (El Ronquillo), aledaña a otra mía en la que no sólo plantó igualmente un árbol, sino que, como peón de mano de quién suscribe, levantó mi casa de campo. Por último satisfizo la exigencia de tener un hijo y dió la vida a seis: Manu (aparejador), Macarena, Paloma (fallecida), Almudena, Francisco de Paula (fallecido) y Curro.
En esto último, es obvio, Margarita tuvo mucho que ver, pero creo que no descubro ningún secreto si os digo que en el resto, en su labor en la Escuela, en las obras de construcción y en las obras de atención a los demás, también Margarita ha tenido mucho que ver. No es ajena a Juanma la expresión: "Detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer". Y una vez más se cumple. Sin la permanente presencia, disponibilidad, afabilidad, paciencia, tolerancia, esperanza, fidelidad y amor de Margarita tengo mis dudas, más que razonables, sobre cuales hubieran sido los derroteros de Juanma.
En fin, creo que el encargo de Jorge queda sobradamente cumplido después de compartiros algunas de mis vivencias con Juanma y mis sentimientos. Al inicio no fuí suficientemente explícito. Ahora quiero serlo. Juan Manuel Macías, padre de familia, aparejador, catedrático y académico de la Real Academia Hispano-Americana de Cádiz, es además ,mi AMIGO.